No me rendí o No, me rendí. ¿Con o sin coma? ¡Tú eliges!






¿Puedes sentirla?
¿Puedes sentir esa pequeña angustia en el centro del pecho?
Por supuesto que puedes.
Incluso sabes perfectamente lo que significa.
Necesitas cambiar.
Necesitas cambiar y apostar de verdad por tu sueño. Un sueño que, en tu caso, pasa por la escritura.
Porque escribir te permitirá explorar tu creatividad y llevarla hasta el límite.
Porque escribir te permitirá crear mundos que solo has visto en tu imaginación.
Porque escribir te permitirá dar forma a lo que llevas dentro para que puedas compartirlo con el mundo.
Necesitas cambiar y eres consciente de ello, pero, a pesar todo, sigues sin apostar de verdad por la escritura.
¿Por qué?
Porque tienes miedo.
Tienes miedo a las miradas escépticas, incluso burlescas, que te dedicarán los que te rodean cuando les digas que quieres dedicarte a escribir.
Tienes miedo a dedicar tu tiempo a encadenar palabras en una página en blanco, en lugar de dedicarlo a tu trabajo, a tu carrera, a las cosas serias de la vida.
Y, sobre todo, tienes miedo a estar equivocado sobre ti mismo.
¿Y si no eres más que un iluso?
¿Y si tus sueños no son más que ensoñaciones sin fundamento?
¿Y si tus grandes ideas no son más que obviedades que otros han pensado ya un millón de veces?
Visto el panorama, tú, que eres una persona sensata, decides optar por la prudencia.
No abandonas la escritura, pero priorizas lo que debe ser priorizado y finges, ante los demás (e incluso ante ti mismo) que escribir no es el objetivo que te has marcado en tu vida, sino una más de tus aficiones, como la bicicleta, los paseos cerca del mar o las cervezas con tus colegas.
Y así sigues, escribiendo en tus ratos libres, en los rinconcitos de tu vida, acumulando notas sueltas e inicios de grandes novelas con la tranquilidad de ser prudente, de ser sensato, de ser responsable. Y todo ello sin haber renunciado, del todo, a tu sueño.
Pero…
Sigues sintiendo la misma angustia en el centro del pecho.

El Rafael sin manos: una idea antigua con implicaciones intemporales

El 6 de abril de 1520, a la edad de 37 años, Rafael Sanzio  el que fuera, junto con Leonardo y Miguel Ángel, uno de los tres grandes revolucionarios de la pintura renacentista murió.
Tal era la admiración que despertaba su figura que Pietro Bembo, un poeta contemporáneo del pintor, escribió en su tumba este epitafio:
«Aquí yace Rafael, por quién la naturaleza temió ser conquistada mientras vivía y que, mientras moría, temió también morir.»
Dos cientos cincuenta años más tarde, el 7 de marzo de 1772, cuando se estrenó Emilia Galotti (una obra de teatro de G.E. Lessing) el aura de genialidad que rodeaba a Rafael seguía plenamente viva.
En dicha obra, uno de los personajes (un talentoso pintor llamado Conti) utiliza la figura de Rafael para plantear al príncipe una pregunta de apariencia inocente pero de implicaciones profundas:
«¿O tal vez crees, Príncipe, que Rafael no hubiera sido el genio artístico más grande si hubiera tenido la desgracia de nacer sin manos?»
Dicho de otro modo, ¿bastaría con tener la mente de Rafael para, aun sin tener manos, ser el genio que él fue?
O, para ir un poco más lejos aún, ¿puede que haya existido un «Rafael sin manos»?
¿Alguien con la mente de Rafael pero que, privado de los medios para comunicar las joyas de su imaginación, haya pasado por el mundo totalmente desapercibido?
Una idea turbadora.
Un genio encerrado en sí mismo.
Anónimo e ignorado.
Aunque, por supuesto, todo esto es pura especulación… ¿Por qué debería importarte?
Porque hay otra forma de verlo.
Una forma que seguramente no sospechas y que pocos sospechaban hasta que Friedrich Nietzsche, especialista en perspectivas inusitadas, escribió, en ‘Más allá del bien y del mal’, esta simple reflexión:
«¿Podría ser que «el Rafael sin manos» (tomando la expresión en su sentido más amplio) no fuera la excepción sino la norma?
Tal vez el genio no es algo tan raro: tal vez lo raro son las quinientas manos que hacen falta para capturar [las grandes ideas]'».
Tal vez los Rafaeles sin manos están por todas partes.
Tal vez las buenas ideas están por todas partes.
Tal vez lo que escasea son los medios, el oficio, las manos para dar forma a las ideas y traerlas al mundo.

¿Y si tú eres un Rafael sin manos?

¿Te incomoda esta idea?
¿Crees que planteártela demostraría una falta de humildad (y de realismo) alarmantes?
Entonces deja que lo diga yo por ti: tú eres un Rafael sin manos.
Tal vez no un talento de la altura de Rafael, pero sí «un gran artista» sin manos.
Y no lo digo por decir. Estoy casi seguro de que es así.
¿Por qué?
Porque estás leyendo esto.
Y si estás leyendo esto es porque en algún momento has tenido alguna idea que te ha emocionado profundamente, alguna idea que has creído lo suficientemente valiosa para compartirla con los demás.
Y si una idea pudo emocionarte a ti, seguro que puede emocionar a otros.
Tus ideas son buenas, lo que necesitas son las 500 habilidades que hacen falta para capturarlas con palabras.
Tus ideas son buenas, lo que necesitas son las manos que aún no tienes.
Tus ideas son buenas, lo que necesitas es aprender a escribir.
La cuestión no es si tienes o no talento.
La cuestión es si tienes el coraje y la motivación necesarios para trabajar duro, durante años, y aprender todo lo que necesitas aprender.
El otro camino, el que seguramente estás siguiendo ahora (el camino de la prudencia, el de apostar solo a medias, el de escribir a ratos perdidos), no te llevará a ningún lado. Escribir es demasiado difícil para que pueda funcionar.
Solo aprenderás lo que necesitas aprender si dedicas a la escritura lo mejor de ti.
La cuestión no es si tienes o no talento. La cuestión es si tus ideas te importan lo suficiente para apostar de verdad por ellas.
Este no es lugar para indecisos.
Este no es lugar para cobardes.
La cuestión es si apuestas o no.
¿Sientes esa pequeña angustia en el centro del pecho?
¿Qué te dice?

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